Análisis: WikiLeaks y la prensa: ¿síntoma de una enfermedad terminal?

The Guardian, NYT, Spiegel, El Pais y Le monde son los cinco principales periódicos que han distribuido el famoso Cablegate, la macrofiltración de documentos del Departamento de Estado de los EE. UU. Están capitalizando extensamente su éxito, con conferencias e incluso giras de sus directores que generan tal atracción popular que se forman colas y se llenan locales.

Muchos veteranos temen que las empresas y los trabajadores del sector sean incapaces de sobrevivir económicamente en estas circunstancias. Y como decía la letanía creada por Frank Herbert en su serie Dune, el miedo mata la mente. Lo cual podría explicar la intenciosa relación de la prensa con WikiLeaks y la abdicación de algunos de sus postulados más queridos en el proceso.

Porque en el transcurso del proceso de publicación del Cablegate la prensa tradicional más señera ha maltratado en público y del modo más hiriente a lo que ellos insisten en considerar como una fuente. Los mismos medios que presumen de ir a la cárcel para proteger a sus fuentes se han dedicado a linchar públicamente a una de ellas.

En la introducción al libro que The New York Times ha publicado sobre sus relaciones con WikiLeaks el director del periódico, Bill Keller, aclara reiteradas veces que siempre consideró y trató a Assange como a una fuente, no como a un colega. Lo mismo destacan en su propio libro los periodistas de The Guardian. Ambos subrayan que Assange tiene sus propios objetivos y puntos de vista, y que por tanto no es un 'imparcial' periodista. Pero jamás The Washigton Post o el propio The New York Times hicieron un perfil en portada tan hiriente de Garganta Profunda o de Daniel Ellsberg. La prensa clásica, y en especial The New York Times y The Guardian no sólo han maltratado a sus fuentes, sino que incluso han violado el código básico del periodismo al falsear sus relaciones con WikiLeaks al contar su versión de la historia.

Donde estratégicamente olvidan contar que esos dos grandes periódicos intentaron traicionar tanto a WikiLeaks como al resto de los periódicos que preparaban la publicación, como sí contó Der Spiegel.

La incomodidad que sienten los grandes medios ante Internet en general y ante sitios como WikiLeaks en particular es patente, y ha llevado a los medios incluso a violar sus propias y más queridas normas. El vértigo ante la pérdida de control lleva a algunos periodistas a perder los papeles. Y sin embargo el futuro de la profesión y al industria depende de una pregunta clave que no se está haciendo lo suficiente: ¿por qué quien quiera que filtró los documentos (el soldado Bradley Manning está acusado pero no se ha demostrado) prefirió dárselos a WikiLeaks en lugar de entregárselos a The New York Times? Claro que si el modo como The New York Times y The Guardian tratan a sus fuentes es como trataron a Assange, no resulta extraño. Lo raro sería que a partir de este momento ninguna fuente quisiera trabajar con intermediarios que las tratan tan mal.

Assange y su grupo son un síntoma de la enfermedad que está matando a
la prensa de toda la vida. Y respiran por la herida.

La enfermedad se llama pérdida de control, y afecta al vital papel de intermediario que la prensa clásica ha ocupado en el mercado de la información. Desde la llegada de Internet y de la casi absoluta libertad de publicación que encarna los medios han perdido su puesto de mediadores, que históricamente les ha conferido poder y dinero. El firme control estructural del flujo informativo que tenían la prensa como industria y el periodismo como profesión se han desvanecido.

Son una confederación de lo más conocido y noble del periodismo tradicional, una constelacion de verdaderas estrellas de la prensa clásica. Y sin embargo la relación de los periódicos del Cablegate con WikiLeaks no puede ser más conflictiva. The New York Times publicó en portada un perfil de Julian Assange en el que informaba a sus lectores de que el australiano huele, porque se ducha poco. The Guardian animó su propio retrato del proceso de publicación contando anécdotas sobre Assange vestido de mujer para esquivar presuntos seguimientos. Y quizá lo más doloroso: a pesar de haber seguido con evidente fruición los problemas legales del líder de WikiLeaks en Suecia y las acusaciones que pesan sobre él de delitos sexuales, ninguno los miembros del 'Dream Team' de la prensa tradicional se ha puesto a su favor, a pesar de las sospechas fehacientes de que pudiera tratarse de un intento de acallarle y de doblegar a su organización. Una vez recibida la filtración los periódicos no han ayudado a Assange y a WikiLeaks, y de hecho se han alineado con sus enemigos. La postura no es tan extraña como pudiera parecer, pero sí muy simbólica. Porque en el fondo WikiLeaks y el Cablegate son señales de una profunda fractura en el modelo de prensa tradicional del que estos periódicos son defensores y símbolos.


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